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domingo, 18 de abril de 2010

LOS AMORES DE Jaime I el Conquistador.

Este rey aragonés, conquisto Levante, Baleares y Murcia a los árabes invasores. Fue protagonista de grandes hechos de armas y protagonizó numerosos lances amorosos, perdonados por sus coetáneos porque «la falta era menor en un rey tan hermoso y gentil que todas las damas giraban los ojos hacia él», según un cronista del XV.

El castillo de Jérica y un palacio de rey moro, sellaron el amor de Jaume I el Conquistador con Teresa Gil de Vidaura, la hermosa dama de origen navarro con quien tuvo dos hijos y que, decepcionada por incumplir el rey sus promesas matrimoniales, acabó recluyéndose en el valenciano llano de la Zaidia, en el monasterio cisterciense de Gratia Dei.

Gozó del estatus de reina y mujer de hecho de un monarca que, al margen de sus matrimonios con Leonor de Castilla y Violant de Hungría, Doña Teresa denunció ante Roma la boda regia con Violant alegando que Jaume le había prometido matrimonio, pero el litigio solo prosperó tras morir la reina, Violant en 1251, y distanciarse el Vaticano y la Corona aragonesa. El Papa insta entonces a retomar la relación, que se estabiliza y aporta dos hijos, Jaume y Pere, coincidiendo con los regalos del importante castillo de Jérica, las villas de Bejís, Llíria, Altura, unas mansiones de los reyes moros Lobo y Zayyan del llano de Zaidia, frente a las torres de Serranos.

La propia intervención papal o los sustanciosos regalos corroboran el lugar privilegiado que ocupó, pero no evitaron que el rey la sustituyera por Berenguela e intentara justificarse ante Roma con excusas tan peregrinas y falsas como que Teresa tenía la lepra. Decepcionada, construye Gratia Dei para refugiarse y, lo puebla con religiosas bernardas de Vallbona de les Monges, Convertida en monja hasta su muerte, hacia 1288, la tradición cisterciense la venera como reina y como santa desde el siglo XV, cuando inundación del Túria llenó de lodo el monasterio y las monjas abrieron el sepulcro para limpiarlo: el cuerpo estaba, incorrupto, a salvo del cieno y los estragos de dos siglos de sepultura.

Los obsequios recibidos por Teresa ilustran la personalidad generosa de Jaume I, pero también las costumbres del siglo XIII y la Baja Edad Media, un tiempo durante el que matrimonio y amor rara vez coincidían. El matrimonio estaba destinado a procrear dentro del orden social y salvaguardar los intereses familiares, así que el padre decidía con quién, y cuándo debía celebrarse el contrato nupcial de sus hijos e hijas, el idealizado amor cortés cantado por los trovadores en la Alta Edad Media había quedado atrás. La Iglesia todavía aceptaba uniones privadas si había dos testigos y consumación carnal. En este contexto hay que entender la boda o no boda de Teresa Gil de Vidaura con el rey.

Las mujeres eran preparadas para el convento o el matrimonio, con sumisión que deberían a la orden religiosa o al marido. Se esperaba que fueran castas, bondadosas, bonitas y calladas, solían casarse, entre los doce y diecisiete años.

Respecto al amor, las convenciones otorgaban la iniciativa al hombre y hacían de la mujer un bien a conquistar, una fortaleza a rendir; pero una plaza fuerte no se entrega sin algunas garantías y los regalos del cortejo eran eso, una prueba de amor a cuenta de la entrega y futuro vasallaje hacia el señor.

Así, todavía en vida de Violant, tuvo amores con Blanca de Antillón, hija de un noble, a la que concedió el castillo de Castro, en la sierra de Espadán, y numerosos privilegios. De sus relaciones con Berenguela Ferrandis tuvo otro hijo, quien recibió la baronía de Híjar, el castillo de Vilarroya y una holgada pensión. El Conquistador se fijó en Guillema de Cabrera, noble catalana casada, a quien regaló el importantísimo castillo de Terrassa. Hacia 1251 hay constancia de que Teresa Gil de Vidaura, viuda de Pérez, es seguro que hubo una relación pública de la que nacieron Jaume de Jérica y

Pedro de Eyerbe, y que, incluso tras ser repudiada, ella se consideró «muyler que fui del molt alt et noble Don Jaume…».

El amor de la dama castellana Berenguela Alfonso de 29 años, granjeó al sexagenario Jaime reprimendas del papa Clemente IV. Se conocieron en Alcaraz, donde el monarca aragonés había llegado con doscientos de sus temibles guerreros almogávares para pactar la conquista de Murcia, El Papa le acusaba de que, habiendo ganado tantas batallas, no pudiera vencer las de la carne. Berenguela recibió Biar, Castalla, Tàrbena, Xaló, Segorbe, Onda, Moixent, Finestrat y Serra. La bella castellana murió en Narbona en 1272.

En cada etapa de la vida del monarca, una mujer ocupo su alcoba, señoras de alta condición humanamente muy diferentes, Otro amor de Jaume vendría de la diligene Sibila de Saga, noble catalana que recibió Tárbena, la alocada y orgullosa Aurenbiaix d’Urgell, o la amigable y práctica Guillema de Cabrera.

Damas, justas poéticas y juglares, halconeros, monterías, intriga y poder rodearon la corte medieval. Jaume acató los ceremoniales. Los del matrimonio y los de la galantería, en las muchas relaciones amorosas que salpicaron los sesenta y ocho años de su existencia.

Tras conocer tantos amores de Jaime, nos surge una seria duda, ¿fue llamado conquistador por la tierra arrebatada a los árabes o por las mujeres que llenaron su corazón y su dormitorio?

Los reyes enriquecidos por la conquista de territorios que tomaba en posesión, era repartida entre los que llamaban nobles y la iglesia, quedandose el rey con la mayor parte de tanta riqueza. Que posteriormente la concedia a damas tambien nobles por favores concedidos.

Aquella nobleza conseguida en batallas por tierras y dominios, aquellos turbios amores que enriquecían a damas obteniendo por sus favores tierras y castillos, los hijos de amores prohibidos que recibían dotes, pensiones y títulos formaron parte de una aristocracia de la época. Pasados años, los que ahora exentos de vasallaje leemos la historia, calificamos de muy distinta manera el oropel conseguido por tales medios, que ni siquiera de merito alguno recibiría nuestra calificación, sino codicia sin limites donde todo estaba permitido. Señoras de alta condición llamaban a las amantes de reyes. Pasado el tiempo sus descendientes lucen los títulos importantes conseguidos con aquellas artes, y que nosotros liberados de la condición de sumisión, las llamamos de diferente manera.

Fuente: lanaveva

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